Perdidos en Neferu – Crónica 5ª parte (final)

Quinta (y final) parte de la crónica de la aventura El Templo del Desierto, de Norkak.

Nota del Narrador: La aventura es la de El Templo del Desierto, de Norkak. Apliqué algunas modificaciones importantes para adaptarla a la realidad del grupo de juego. Balus pasó a ser Morkas, el antiguo maestro del elfo Lakus, del grupo, y el trasfondo creció en complejidad. Os dejo con la quinta parte de la crónica de Ghilbrae a través de los ojos de su personaje, Sharra Nirthanbei.

La primera parte de la crónica se encuentra aquí.
La segunda parte de la crónica se encuentra aquí.
La tercera parte de la crónica se encuentra aquí
La cuarta parte de la crónica se encuentra aquí


Sin perder tiempo nos desplagamos por la sala, Saddin, Lakus, Galian, Gerrain y yo, mientras el cobarde Morkas se quedaba en la retaguardia. La espada de Saddin cortó el brazo del primero que osó acercarse a él mientras las flechas de Galian se clavaban certeras en los cuerpos de otros. Lakus atacaba con su alfanje ante la imposibilidad de usar su bola de fuego en la pequeña sala llena de gente. Gerrain, no con mucha fortuna, intentaba también acabar con alguno de nuestros atacantes. Tras un rato intercambiando golpes acabamos con ellos, Galian disparó su última flecha ensartando la mano de uno de ellos en su propio brazo, Saddin partiendo el tronco de otro, Lakus con un profundo tajo en el pecho de otro más y yo, subida sobre una de las tumbas, cortando el cuello del último.

“¿Estáis bien?” gritó Morkas mientras se acercaba corriendo. Envainé mi cimitarra entonces, me acerqué a él y me descargué sobre él con una bofetada. “Cobarde” susurré en su cara. Galian me miró con aprobación, en sus ojos asomaba una intensa furia.

Moviendo una antorcha, Lakus descubrió una puerta que daba a otro pasillo. Pero antes de avanzar, Saddin se interpuso en nuestro camino y dijo:

“¡Pisa donde yo pise y no toques nada!”

Escena en la sala de momificaciónEscena en la sala de momificaciónObedeciendo al paladín llegamos a otra puerta que pude volver a abrir sin problemas. Tras ella descubrimos una sala que, a juzgar por las herramientas y los frescos que decoraban las paredes, debió haberse dedicado a la momificación de los muertos. Seguimos sin detenernos hasta una estancia de enormes dimensiones. En el centro se alzaba una gigantesca columna y cinco estatuas de Anubis que parecía sostener el techo y siete puertas se repartían por las paredes. Conectada a esta sala encontramos otra muy similar, ésta con sólo tres puertas.

Durante un rato discutimos con los mercenarios y los pocos esclavos que nos acompañaban, nuestro objetivo era claro, cumplir con cual fuera la tarea que Morkas tenía que realizar allí y salir cuanto antes. Sin embargo ellos se empeñaban en saquear el templo. Hartos de sus quejas abrí una de las puertas y dejé al enano y algún esclavo entretenidos con las riquezas mientras nosotros seguíamos adelante.

La última sala, en el mismo estilo que las anteriores, era más espectacular que todas ellas y en ésta encontramos algo que sí llamó nuestra atención: una hermosa cota de mallas negra, probablemente un tesoro personal de algún príncipe de antaño en estas tierras.

Regresamos a la sala de la columna convencidos de que debía haber más que lo que teníamos ante los ojos. Efectivamente, tras una búsqueda hallamos una puerta secreta señalada por un grabado de un ankh solitario en una pared sin más adornos. Usando el ankh que Lakus custodiaba, Morkas abrió una pasadizo que quedó al descubierto tras deslizarse una de las paredes.

El pasillo estaba cubierto de arena y tras avanzar apenas unos pasos, el paladín se vio succionado por un sumidero que se abría a sus pies. Con un ágil movimiento consiguió evitar caer en él y así dejó marcado para los demás la única trampa que había en el pasillo.

Ante nuestros ojos teníamos una sala tan parecida a aquella de la que habíamos partido para aparecer en la cripta de Valaxis y presenciar la muerte de nuestro compañero que por un instante Saddin y yo contuvimos la respiración. En su centro, rodeado por un foso había un altar y al fondo del todo, pegadas a la pared, dos figuras de Anubis flanqueaban un sarcófago.

Una extraña sensación de sopor se adueñó de mí y maldiciendo a Morkas y a su traición caí inconsciente. Lo siguiente que recuerdo es la mano de Lakus sobre mi boca y un suave susurro despertándome. Junto a mí, Saddin y Galian permanecían aún dormidos presas del sortilegio cobarde mientras el resto de la comitiva se encontraba a bastantes metros ocupados en el altar y sobre el sarcófago. Con absoluto sigilo despertamos a nuestros compañeros y nos dimos cuenta de que nos habían desarmado. Muy despacio nos pusimos de pie y Lakus entonó el hechizo liberando su bola de fuego en dirección a los que, por un lateral del foso, transportaban el sarcófago que habíamos visto. Sin perder tiempo saqué de uno de los muchos escondrijos de mi vestimenta un vial de veneno paralizador y lo lancé con fuerza contra el trío que se preparaba en el altar para realizar algún tipo de ritual. El vial voló por la sala en un arco perfecto y cuando Morkas, girado ahora hacia nosotros, abrió la boca para dar la alarma, el vial se coló en su boca rompiéndose en el acto y liberando su contenido a su alrededor. Agesam, a su izquierda, cayó al suelo paralizado junto al altar, así como el esclavo que se encontraba con él. Sin embargo Morkas, atenazado por el pánico, se arrojó desesperado hacia el sarcófago envuelto en llamas, pero sin posibilidad de saltar el foso, se precipitó por él y tras unos segundos eternos oímos el crack de los huesos de su cráneo partiéndose al alcanzar un abrupto final.

Aún desarmados pero con la confianza que nos daba el súbito cambio de la situación, Lakus sonrió y demandó a los que quedaban en pie que se rindieran. Gerrain y Erkim bajaron las armas pero el elfo demandó que las soltaran. Indecisos o tal vez asustados se negaron y en un acto que consideraré siempre completamente innecesario, el elfo liberó su segunda bola de fuego contra ellos. Gerrain y Erkim fueron consumidos por las llamas, mientras el esclavo que estaba con ellos corría despavorido fuera de la sala. Las llamas alcanzaron también al esclavo paralizado y a Agesam. Galian y Saddin corrieron a apagar las llamas de los hombres indefensos. Saddin se vio en la necesidad de escoger entre el esclavo y Agesam, ambos con terribles quemaduras por todo el cuerpo. Se concentró un instante y se giró hacia el esclavo mientras Agesam alargaba la mano suplicando ayuda. Mientras tanto, Lakus examinó el sarcófago, en su interior se encontraba el cuerpo del que suponíamos había sido el Sacerdote Imutes.

Como no podía ser de otra forma, empezamos a discutir, esta vez con el paladín empeñado en quitar las vendas del ser que había en el sarcófago. ¿Es que no hemos tenido ya suficientes no-muertos para llenar cinco vidas? El súbito temblor del complejo terminó con la discusión. Saddin se echó al esclavo al hombro y salió corriendo, seguido por Lakus. Mientras Galian y yo miramos con horror el cuerpo herido y paralizado de Agesam. El entendimiento se abrió paso entre nosotras rápidamente, era demasiado pesado para poder cargar con él y atravesar todo el complejo a tiempo de escapar de la destrucción de las cámaras y túneles subterráneos. Con el horror de la muerte que esperaba al mercenario allí salimos de la sala. Yo creía firmemente que no merecía eso, no me había parecido un mal hombre durante el camino, tal vez no había elegido bien a su empleador, pero morir así… con la carne abrasada y sepultado en vida…

Cuando salimos del complejo, nos dimos cuenta de que no era cierto que los niveles subterráneos estuvieran colapsando, sino que toda la ciudad volvía a sumergirse bajo las arenas del desierto. Frente al monolito, nos encontramos al guía Amahad con la llave de plata en la mano al tiempo que veíamos las últimas sombras del complejo ocultándose bajo la arena. Amahad nos miró desconcertado y dirigió una mirada acusadora al esclavo que había huido de la sala cuando Lakus había invocado su bola de fuego. Harta de todo, de tanta estupidez y cobardía, agotada y con la muerte de un hombre pesando por primera vez en mi conciencia dejé que toda mi furia sacara lo peor de mí y golpeé al esclavo con el puño tan fuerte que cayó al suelo.

Durante unos minutos debatimos nuestras opciones, Morkas estaba muerto, no teníamos la información que habíamos venido a buscar y nuestra única opción era volver a la la sala en la que todo se había echado a perder. Convencimos a Amahad y a los esclavos de que partieran de vuelta, de que nosotros seguiríamos otro camino peligroso y que ya no necesitábamos su ayuda. Sólo nos quedamos con la llave, nuestros camellos y el de Morkas.

[…]

Dejamos que pasara una larga hora hasta que, solos esta vez, volvimos a colocar la llave en su lugar y el templo volvió a levantarse ante nosotros.

Hicimos todo el camino de nuevo, recorriendo angustiados los mismos corredores y atravesando las mismas salas hasta que llegamos a la sala donde aún se encontraba con vida Agesam. Sentí un peso quitarse de mis hombros. En un estado cercano al colapso, tras una hora de agonía a oscuras, sus ojos se fijaban mudos e intensos en nosotros, en los que creí ver un atisbo de humedad. Le atendimos lo mejor que pudimos dándole alguna de la pociones de curación que habíamos traído con nosotros antes de sacarlo del templo. Desafortunadamente no teníamos cuerda suficiente para alcanzar el cuerpo de Morkas que yacía en el fondo del profundo foso. Confiando en poder volver pronto, salimos del templo y merced a las habilidades del elfo, nos teletransportamos al Asylum de Robleda de nuevo.

Esta noche he vuelto a dormir en un lecho caliente bajo un techo, dentro de poco me reuniré con mis compañeros en el refectorio y decidiremos cuáles serán nuestros siguientes pasos, pero antes iré a visitar al mercenario Agesam, que anoche dejamos al cuidado de los clérigos del Asylum.

Tengo la amarga sensación de que todo esto no ha servido para nada. Hemos estado a punto de morir por la traición y cobardía del antiguo maestro de Lakus. Ha muerto mucha gente y me noto agotada y sin ganas de seguir en estas condiciones. Espero que Lakus encuentre algo valioso en un grimorio que encontró en el camello de Morkas. Si para algo ha servido toda esta aventura es para aclarar mis ideas, veremos si coinciden con las de los demás.


Nota del Narrador: aquí concluye por el momento la narración de Sharra Nirthanbei. En los próximos días, Ghilbrae publicará los extractos del diario referidos a un aventura anterior en el tiempo, la de Death Love Doom, en donde se enfrentará sola junto al paladín a una casa que es conde un terror grotesco.