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Peregrinamos a San Gimignano y Monteriggioni by ghilbrae

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San Gimignano y Monteriggioni se elevan sobre unos paisajes de  belleza apabullante. La campiña salpicada de arboledas, cultivos,  casonas y pequeños núcleos urbanos que decoran un paisaje cuajado de  suaves colinas tapizadas por un desigual manto de retazos de todos los  verdes de la naturaleza. Pero esta naturaleza que se disfruta desde las  murallas de las ciudades y fortificaciones, es la naturaleza domada por  siglos de historia y asentamientos que datan de la época etrusca en  muchos casos.

Vista de la campiña toscana

Vista de la campiña toscana


Finalizada nuestra visita a Pisa y Lari, nos pusimos en camino hacia  San Gimignano. En la guia definen esta pequeña ciudad (7000 habitantes  en la comarca y sólo 2000 tras sus murallas) como un Manhattan medieval  por las 15 torres que despuntan impresionantes. Sin duda es un lugar  encantador y, como tal, hordas de turistas llenan sus dos calles  principales y las dos plazas en las que se encuentran el Palazzo Comunale y la Collegiata respectivamente.

Empezamos nuestra visita por el Palazzo Comunale en el que Dante habló al consejo de la ciudad para que apoyara la causa güelfa y una pequeña colección de frescos muy bien conservados junto a una  pinacoteca fundamentalmente medieval. No sabría decir si la visita al  Palazzo merece la pena o no, personalmente me encantaron los frescos  pero los cuadros, después de varios días de cuadros similares me dejaron  un poco indiferente. Lo que no puede pasarse por alto es la posibilidad  de subir a la Torre Grossa, la única de las torres a la que se puede  subir. El ascenso es francamente cómodo, salvo un diminuto tramo final, y  se tienen las mejores vistas de la ciudad y de los espectaculares  alrededores. Una auténtica maravilla!

La Torre Grossa

Mensaje para Blanca: en las dos torres paralelas que se pueden ver desde esta torre no pude encontrar tampoco el glifo 🙁

Terminada la visita nos dimos una vuelta por las encantadoras calles y  placitas, visitamos la Collegiata con sus vivos frescos y nos dimos un  buen festín en el restaurante recomendado por nuestra anfitriona del  B&B Il nido di Anna (recomendamos este B&B encarecidamente, sí es un poco cursi, pero  es fenomenal, comodísimo y Renata es un encanto, volveríamos sin  pensarlo).

Después de comer, ¡hala!, otro paseo, visita al museo arqueológico  (completamente obviable), a una recreación hecha a mano de la ciudad en  la época medieval (muy recomendable) y, para terminar con buen cuerpo,  el Museo de la Tortura. A disfrutar de todas las formas  enfermizas y retorcidas en las que nos hacemos la puñeta y somos  castigados por crímenes contra seres imaginarios, por hablar más de la  cuenta o por nacer mujer, ya se sabe, los hombres tienen una fijación  con que somos instrumentos del diablo y esas cosas y se han dedicado a  crear formas de tortura especialmente diseñadas para destrozar pechos y  vaginas (curiosamente escasean los utensilios dedicados al pene, que  digo yo que ahí el torturador sí se siente empático, o algo).

La cena, bien gracias. ¡Me encanta el salami! También me gusta el Vin Santo,  un vino dulce que ponen de postre con unas galletas de almendras que  descubrí que eran para mojar en el vino cuando ya me había calzado la  copa entera, me lo apunto para la próxima.

Tras dormir como unos campeones en el B&B de Renata nos fuimos  prontito a Monteriggioni, que no aparece en la guia pero que teníamos un  interés especial en ver (que somos unos flipados, ¿verdad Blanca?).  Resulta que Monteriggioni no es un pueblo en realidad, sino un castillo y  tras sus muros se agolpan un puñado de casas en dos calles que  confluyen en la plaza a la que se abre la entrada. Aún así el sitio es  muy majo y desde lo alto de sus muros se tienen unas vistas de toda la  campiña circundante que dejan anonadado. Además de dar una vueltecita y  subir a sus muros, se puede ver un pequeño museo con la historia del  castillo y una también pequeña exposición de armas medievales que se  pueden tocar y ¡que te puedes poner! Esto es muy revelador y he  confirmado que para llevar una cota de mallas hay que ser un tiarrón de  cuidado, que una espada no pesa tanto como se supone (aunque esto ya lo  sabía, máximo dos kilos para una espada que llevas al cinto, nadie en su  sano juicio la lleva en la espalda por razones obvias), que cargar una  ballesta cuesta un montón y que no me extraña que sean necesarios “dos  turnos”, que un guantelete de placas se puede llevar más cómodamente y  reclamo mi armadura completa con todas sus placas que esas armas que he  visto hacen mucha pupita 🙂

Los muros de Monteriggioni

Bien comidos y con las calles memorizadas (las dos) nos hemos puesto  en marcha hacia Siena, que nos ha recibido con una lluvia de justicia,  pero eso es otra historia…

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