Armas de asedio, castillos y pueblos medievales en Albarracín

Albarracín se encuentra en la provincia de Teruel, encaramada en lo alto de un peñón y rodeada por el río Guadalaviar, entre la Sierra de Albarracín y los Montes Universales. La herencia de la época musulmana así como su arquitectura tradicional hacen que sea una de esas joyas únicas alejadas de la típica imagen medieval europea y firmemente anclada en la tradición medieval de la península, que combina tan armoniosamente las influencias _2239-1024x685.jpg)](/content/images/2014/04/DSC_2239.jpg)
Vista de tejados de Albarra_2245-1024x685.jpg)](/content/images/2014/04/DSC_2245.jpg)
Vista de Albarracín desde la muralla

Hace algunos años que yo ya la había visitado pero Pablo nunca había estado y si sumamos a esto ciertos intereses extras, el destino parecía que ni pintado para unos días.

Cerca de Madrid, en Buitrago de Lozoya, nos encontramos hace ya algunos meses que había una fantástica muestra de armas de asedio en el castillo. Entonces disfrutamos como dos enanos con las explicaciones del guía y husmeando entre las máquinas. El guía nos recomendó encarecidamente que si nos gustaban teníamos que ir a Albarracín a ver un parque completamente dedicado a ellas en el que trabajaba un historiador que las investiga y las fabrica, Rubén Saéz.

Así que aquí está la razón extra para la visita: ir al Trebuchet Park. El sitio está a un kilómetro saliendo de la ciudad, en una explanada peladita rodeado por una valla que igual podría estar rodeando unas ovejas, sin embargo, desde la carreterita se ven sobresalir unas construcciones de madera que dan la pista clara de lo que hay detrás.

Antes de ir, nos miramos de arriba a abajo la web del sitio para averiguar horarios y días en los que estaría abierto. Como en la web no pone absolutamente nada Pablo escribió un correo y quedamos en que el mejor día para ir era el lunes. Allí nos plantamos un poco antes de la hora convenida y para nuestra sorpresa estaba cerrado a cal y canto. Momento de la pifia del día. Me acerqué a ver si había alguien por allí y, sentado en el asiento de un automóvil, me encontré a un anciano.

“Hola, ¿sabe a qué hora abre esto?”
“Hoy no está aquí. jkahenklañh, pasa jsjgib auihoe,” gesto apuntando a la puerta del recinto, “haibwoja…”
“Muchas gracias”.

Así que cuando volví al coche le dije a Pablo que el sitio estaba cerrado y que había fallado una tirada de “Comprender lenguajes” ?

Volvimos a la hora acordada y seguía cerrado, pero nos quedamos esperando y al cabo de un rato apareció un señor que al parecer se dedica a fabricar las máquinas con Rubén. El hombre, sumamente agradable, nos dijo que había ido de casualidad porque normalmente el sitio no está abierto y que él había tenido que ir a hacer unos recados. No me quedó claro si no está abierto entre semana o si esos días no estaba abierto, en cualquier caso, nos abrió el parque, nos contó unas cuantas cosas bastante interesantes y nos dejó a nuestro aire para que exploráramos la zona.

Organizativamente, el parque tiene un aspecto amateur, al fin y al cabo es fruto de esfuerzo personal de un amante del tema y se ve claramente que lo que hay allí está sacado del tiempo robado a otras cosas y de la ayuda de este otro señor, que habla de Rubén con un orgullo que le rezuma por los poros. Sin embargo, hay que decir que la calidad y cantidad de las máquinas expuestas es un tanto abrumadora considerando lo ya dicho, que es el esfuerzo de tan pocas personas. Allí hay un poco de todo lo que se relaciona con armas de asedio, desde balistas, catapultas, protecciones, arietes, proyectiles; un amplio surtido desde la época griega hasta el Renacimiento y no sólo limitado a las armas europeas, hay una muestra de armas de asedio chinas, turcas y árabes, que además son una influencia más que evidente en las europeas. Mi preferida, el lanzallamas griego, brutal.

Después de visitar la exposición el hombre que nos había abierto nos dio un paseo por el almacén, donde tienen otras más pequeñas que han ido de exposición por España y donde fabrican más, nos enseñó además un muestra de armas pequeñas: espadas, arcos, virotes y ballestas que tenían allí guardadas.

La visita mereció mucho la pena pero el horario es un tema pendiente. Cuando llegas allí es obvio que hacen lo que pueden y que es un esfuerzo muy loable, pero como visitante es fundamental que antes de ir uno se ponga en contacto con ellos para asegurarse de que el sitio estará abierto.

Esta zona no es especialmente famosa por sus castillos, aún así hay algunas posibilidades cerca de Albarracín. Además de visitar un puñado de pueblos enanos pero con mucho encanto debido a su arquitectura y a la peculiaridad de la piedra y el barro rojizos que se usan y usaron en la construcción de las casas, fuimos al Castillo de Peracense. En este caso sabíamos que el castillo estaría cerrado, pero ya que estábamos en el coche nos dimos una vuelta para al menos verlo desde fuera. ¡Crítico! ¡El castillo estaba abierto! Gracias a una excursión infantil se había abierto el castillo ese día, ya que al parecer el castillo sólo abre los festivos y ese día era martes. Pues aprovechando nuestra buena suerte entramos y no salimos defraudados. El castillo es fantástico, por su situación, obviamente en un alto, por la piedra rojiza con la que está construído y por la construcción misma. Hay tres zonas en forma de anillos más o menos “concéntricos”, la exterior formada por una muralla y una extenso patio. La zona intermedia en la que hay algunos edificios adosados a la roca y más protecciones y la zona interior que además de ser la más protegida está encaramada en una peña dentro del propio castillo, de modo que cada zona está un poco más alta que la anterior, siendo la última la más inaccesible de todas y la posible última línea de defensa. Aunque me gustaría ver a alguien intentando asaltar el castillo con esas cuestas tan empinadas. Imagino que la solución es un sitio y precisamente por esto, en cada uno de los niveles hay no uno sino_2248-1024x685.jpg)](/content/images/2014/04/DSC_2248.jpg)
Castillo de Perancese, 37396-685x1024.jpg)](/content/images/2014/04/DSC_2257-e1398161437396.jpg)
Castillo de Peracense, vista del recinto interior y su puente levadizo


Restaurante Ramiro en Peracense

Mención especial hay que hacer al sitio en el que comimos ese día. El pueblo de Peracense, a los pies del castillo, es lo menos turístico que te puedas imaginar, no hay nada y no está orientado a dar servicios a los visitantes del castillo, allí viven de otras cosas claramente. En cualquier caso paramos allí a comer y nos encontramos con un bar y un restaurante. Elegimos el restaurante. Cuando los restaurante dicen comida casera… bueno, ya sabes lo que hay y aunque sea del tipo comida casera, pues ya notas tú que no lo es. Cuando entras en un restaurante de un pueblo que no llega al centenar de habitantes y te dicen que es comida casera pues te lo crees y lo notas. Desde los manteles, a los platos, el trato, la no decoración, la estufa de madera de hace mil años. No era un sitio con encanto rústico ni mandangas de esas que tanto nos molan a los de ciudad, era un sitio donde un señor da de comer a la gente de la zona. Nos atendieron genial, comimos lo que nos pusieron, un caldo de garbanzos y merluza rebozada y nos supo todo a gloria. Así que lo recomendamos, Ramiro en Peracense, para comer comida casera de verdad, de la que haces en casa o te ponen tu madre o tu abuela, sin adornos y ya.

Cerca de Albarracín hay también una serie de pinturas rupestres de tipo levantino. Lo mejor es visitarlas con una visita guiada que se puede concertar en Albarracín. A nosotros nos gustó por la información extra que aporta aunque nos hubiera gustado algo un poc_2270-1024x685.jpg)](/content/images/2014/04/DSC_2270.jpg)

Marcas de fósiles en la Sima de Frías, mostrando que estos terrenos fueron fondo marino hace millones de añosEsta zona está llena de pequeñas joyas que descubrir, no ya sólo los pueblos, los paisajes son fantásticos, hay un montón de rutas para hacer y ver cascadas, simas o parajes a los que no se puede llegar en coche. Es un lugar muy recomendable para pasar unos dos o tres días y especialmente en los meses de abril, mayo e imaginamos que en septiembre y octubre.