Cuando me llamaban DragonMan

Childhood

En el avión de Madrid a Londres en el que estoy sentado ahora mismo coincido con gente que se desplaza por motivos de trabajo (es mi caso) y también con turistas. Entre estos últimos, mucha chavalería. En easyJet tienes que pagar un poco más si no quieres sentarte en los asientos que quedan libres y eso pareció poner muy nerviosas a algunas quinceañeras que ante la posibilidad de tener que sentarse separadas hablaban abiertamente de su miedo a estar “marginadas”.

Yo creo que hay dos formas de sentirse marginado. La primera es cuando estás siendo desplazado por los demás. Puede darse en múltiples ambientes aunque los clásicos son el trabajo o los estudios. En estos casos, lo más probable es que esa marginación esté injustificada y seas una víctima. Sin embargo, puede darse el caso en el que te sientas marginado aunque nadie esté actuando contra ti. Y lo más gracioso es que otros pueden pensar que eres un marginado (o “margi” en terminología estudiantil) sin que tú lo sientas en absoluto.

Recuerdo cuando en el colegio donde estudiaba juntaron varias clases hacia el final de bachillerato y COU para hacer la distribución de Ciencias Puras, Ciencias Mixtas, etc. Yo había sido siempre de la clase “B” y nos fusionaron con la clase “A”. En general, en el “A” había habido mejores resultados académicos que mi clase (había también “C” y “D”, pero eran como otra pareja) y los profesores solían recordar esta diferencia para “picarnos” cuando en realidad lo único que conseguían era estar más molestos con la otra clase.

Esa fusión fue como agua y aceite. Recuerdo que la distribución libre en las mesas hizo que el B se quedara en ambos costados y el A en el tronco central.

Rápidamente se notaron las diferencias de carácter y aficiones. Mientras los del B jugábamos a Magic, Spellfire, La ira del Dragón, las cartas de El Señor de los Anillos, a juegos de rol y nos intercambiábamos comics, los del A usaban su tiempo libre para tontear, fumar a escondidas y charlar de las salidas de los viernes y sábados.

Evidentemente, nosotros éramos los “margis”. Todo un grupo de “margis” que buscaba las zonas más tranquilas del enorme patio del colegio para echar unas partidas a nuestros juegos.

Sucedió una vez que hubo un rifirrafe a cuento de unas pintadas en los pupitres de los del “A”. Ya no recuerdo ni cómo empezó pero sí recuerdo que hubo una acción de “los del A” contra el grupo más “margi” de los ya “margis” y un día, tras una pausa de recreo, nos encontramos nuestros pupitres con pintadas de los motes que nos tenían asignados a cada uno.

En el mío ponía bien grande “DragonMan”.

Para esta gente apodarme DragonMan era su forma de decirme “flipao margi”. Me los imagino riéndose mientras perpetraban su humillación, “¡este tío siempre con lo de Tolkien y los juegos de rol y el élfico, el tonto del DragonMan!”

No vi muchos motivos para borrarlo, la verdad. Lo dejé unos días ahí en mi mesa, casi con orgullo de que alguien hubiera detectado que sí, que en realidad era un hombre dragón y que, por tanto, tenía unas capacidades y unas preferencias muy especiales, lejos del alcance de los simples “men”. Irónicamente sirvió para todo lo contrario de lo que esta gente “mainstream” buscaba. Me valió además para darme cuenta de las diferentes ópticas que dos grupos pueden tener de un mismo asunto y que no tenía que sorprenderme que un grupo estuviera orgulloso de ser de una forma al tiempo que otro considerara que ello era motivo de chanza.

Ahora esto nos parece a todos muy evidente pero con catorce años todavía no tienes desarrollados un relativismo y un estómago adecuados para interpretar (y, sobre todo, encajar) bien estas situaciones.

Han pasado veinte años de aquello y este tiempo sólo ha srvido para reforzar aún más ese pensamiento que tuve al ver mi pupitre “vandalizado”. En la era IRC (estoy hablando del 95 en adelante), adopté el pseudónimo de “Elfo” porque DragonMan nunca me llegó a gustar como nickname en sí, demasiado burdo. Mucha gente en la universidad me llamaba por mi sobrenombre, de hecho, y yo lo veía con total naturalidad. También es verdad que entre los canales de IRC que frecuentaba (#tierramedia #tolkien) y la facultad de Ciencias Físicas de la UCM con su club de rol Rolatividad, la cosa no desentonaba mucho…

Entiendo que a ciertas edades (si no a todas), haya miedo a sentirse marginado y sea una respuesta primitiva de nuestro cerebro a agradar a nuestra tribu y disfrutar de los beneficios de estar “dentro” y no “fuera” de un grupo protector. Ayuda mucho tener compañeros “margis” y yo tenía unos cuantos, por cierto, pero aun cuando ése no sea el caso, creo que la capacidad para relativizar los motes y valoraciones que terceros hagan de ti (que es también una forma de autojustificarse, evidentemente) es fundamental y está al alcance de todos. Los clásicos son los relacionados con el peso o la fealdad pero hay otros muchos relacionados con las actividades que se desarrollan.

Hoy en día, si alguien visita mi perfil de empleado en la empresa en la que soy CEO, podrá ver que abiertamente me declaro muchas cosas, entre ellas fan de los juegos de rol. Y siempre que en un acto público tengo ocasión de presentarme primero y hablar de mis aficiones, mis pensamientos vuelven al pupitre con el magnífico mote de DragonMan y pienso “Bueno, habrá que hacerle honor ¿no? :)”.

04×10 mayo 2013: Pablo Ruiz from 04×10 on Vimeo.

Esto no quiere decir que me declare abiertamente de una “etnia” (los manidos frikis), de hecho aparte de “geek” no me encuentro cómodo con ninguna otra etiqueta y no tengo en mucha estima afiliaciones tan intensas sólo por tener gustos extravagantes. Por eso suelo hablar en primera persona y de lo que hago, no de lo que soy.

DragonMan, a vuestro servicio 🙂